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Le había bastado con tocar al médico para saberlo: había pasado más de cuatro años en coma. Y se horrorizó. Se horrorizó por los cuatro años perdidos, pero sobre todo por saberlo. Porque un simple apretón de manos era suficiente. Sabía. Sabía a distancia y por anticipado. Supo que ardería el restaurante. Supo quién era el escurridizo asesino. Y sabía tantas cosas... ¡No era justo! ¡No lo era! La jaqueca le martirizaba y parecía que la cabeza le fuera a estallar. Además, quienes querían saber luego le rehuían como si fuera un monstruo. Y la tortura de saber seguía implacable, y el rechazo, y la publicidad, y el horror de tomar una decisión, y sólo con pensarlo la cabeza le dolía atrozmente. Aquel hombre no sólo era inicuo, sino que iba a convertirse en presidente de los Estados Unidos e iba a hacer saltar el planeta en pedazos. Y él lo sabía. LO SABÍA. Tenía que matarlo. ¿Tenía que hacerlo? ¿Por qué? ¿Por qué el horror de saber? Pero los dados estaban echados: no podía llevar su conocimiento a la zona muerta para convertirse en un ciudadano vulgar, tan vulgar como su nombre, John Smith.
Acquisto del libro
La zona muerta, Stephen King, Eduardo Gongorski
- Lingua
- Pubblicato
- 1985,
- Condizioni del libro
- In buone condizioni
- Prezzo
- 5,19 €
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- Titolo
- La zona muerta
- Lingua
- Spagnolo
- Autori
- Stephen King, Eduardo Gongorski
- Editore
- Orbis
- Pubblicato
- 1985
- Pagine
- 450
- ISBN10
- 8440223617
- ISBN13
- 9788440223616
- Serie
- Tag
- Narrativa, Fantasy, Gialli, Fantascienza, Thriller, Narrativa contemporanea, Horror, USA, XX Secolo, Fenomeni soprannaturali, Thriller psicologici, Cupoe, oscuro, Fantasmagorie e fantasmi, Re, Terrore, paura, Crudeltà, terrore, Anni '70 del XX secolo
- Descrizione
- Le había bastado con tocar al médico para saberlo: había pasado más de cuatro años en coma. Y se horrorizó. Se horrorizó por los cuatro años perdidos, pero sobre todo por saberlo. Porque un simple apretón de manos era suficiente. Sabía. Sabía a distancia y por anticipado. Supo que ardería el restaurante. Supo quién era el escurridizo asesino. Y sabía tantas cosas... ¡No era justo! ¡No lo era! La jaqueca le martirizaba y parecía que la cabeza le fuera a estallar. Además, quienes querían saber luego le rehuían como si fuera un monstruo. Y la tortura de saber seguía implacable, y el rechazo, y la publicidad, y el horror de tomar una decisión, y sólo con pensarlo la cabeza le dolía atrozmente. Aquel hombre no sólo era inicuo, sino que iba a convertirse en presidente de los Estados Unidos e iba a hacer saltar el planeta en pedazos. Y él lo sabía. LO SABÍA. Tenía que matarlo. ¿Tenía que hacerlo? ¿Por qué? ¿Por qué el horror de saber? Pero los dados estaban echados: no podía llevar su conocimiento a la zona muerta para convertirse en un ciudadano vulgar, tan vulgar como su nombre, John Smith.



